En el corazón de los Andes peruanos, la región de Ayacucho ha sido consolidada como un baluarte del arte popular y Patrimonio Cultural de la Nación. A lo largo de los siglos, sus maestros artesanos han transformado materiales locales en profundos testimonios visuales que plasman la devoción, la ritualidad, la memoria y la identidad del Perú.
1. Raíces Coloniales: De las Capillas de Santero a la Reinterpretación Andina
El origen del retablo ayacuchano se remonta al periodo colonial en el siglo XVI, a partir de la llegada de los evangelizadores españoles. Los misioneros e itinerantes empleaban pequeños altares portátiles de madera, conocidos como "capillas de santero" o "cajas de demanda", para difundir la fe católica e iconografía cristiana entre las comunidades indígenas. Con el paso del tiempo, la población local adoptó estas estructuras y comenzó a reinterpretar su contenido e iconografía bajo sus propias concepciones culturales.
Paralelamente, durante el virreinato, Huamanga se convirtió en un gran centro artístico gracias a la escultura religiosa en Piedra de Huamanga (alabastro). Esta tradición en alabastro evolucionó en los siglos XVIII y XIX hacia figuras galantes, ornamentos rococó y alegorías patrióticas de la emancipación. Asimismo, en la región se afianzaron expresiones tradicionales como la filigrana de plata y la alfarería en la cerámica de Quinua.
2. El Cajón San Marcos o San Lucas: Huaca y Eje del Animismo Andino
A finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, la población indígena hizo una selección propia del santoral católico para crear una obra de carácter profundamente sagrado y ceremonial: el cajón San Marcos o cajón San Lucas.
Este objeto se estructuró de forma vertical en dos niveles claramente definidos que reflejan la cosmovisión andina:
- El Hanan Pacha (mundo de arriba y celestial): Ocupa el piso superior del cajón y alberga a los santos patrones protectores del ganado. En su centro se sitúan figuras como San Marcos o San Lucas (protectores del ganado vacuno), San Juan Bautista (protector de las ovejas), Santa Inés (patrona de las cabras), San Antonio (protector de caballos, asnos y mulas) y el Patrón Santiago (asociado al rayo y protector del ganado en general).
- El Kay Pacha (este mundo o terrenal): Se ubica en el piso inferior y recrea escenas del campo y de la vida rural. Aquí destacan escenas de la herranza o marcación del ganado, la elaboración de quesos, la presencia de músicos, cantantes de harawi, arrieros, el patrón e incluso escenas de justicia campesina como el castigo al abigeo.
Como lo expresa el expediente oficial del Ministerio de Cultura, este objeto constituye una representación estructurada según la cosmovisión del hanan pacha y del kay pacha. Estos "cajones San Marcos o San Lucas" fueron usados por la población indígena en sus ritos mágico-religiosos para pedir a estas divinidades la protección y fertilidad del ganado. De este modo, por su función comunicativa con los espíritus del cerro (wamani), la tierra (pachamama) y el rayo, estas piezas constituían verdaderas huacas, elementos fundamentales del animismo andino, cumpliendo un rol similar al de las antiguas illas o conopas prehispánicas.
3. El Nacimiento del Retablo Costumbrista y la Pasta de Papa
Hacia la década de 1940, la expansión de carreteras y la progresiva disminución del arrieraje provocaron el declive del uso ritual del antiguo cajón San Marcos en el campo. En ese contexto, la coleccionista indigenista Alicia Bustamante entabló contacto en Ayacucho con el maestro imaginero Joaquín López Antay.
Bustamante sugirió denominar a estos objetos simplemente retablos e incentivar a los artesanos a representar temas costumbristas y seculares dirigidos a un público urbano y de coleccionistas. Así surgieron retablos con escenas de corridas de toros, yaravíes, peleas de gallos, faenas agrícolas y procesiones de Semana Santa.
Esta evolución estuvo acompañada por una importante innovación técnica: los artistas sustituyeron los moldes rígidos por la elaboración a mano de figuras con la tradicional pasta de papa. Esta masa —confeccionada mezclando papa sancochada y molida con yeso y fijada con cola vegetal o animal— brindó una enorme plasticidad para modelar detalles faciales y ropajes policromados con anilinas.
4. El Hito de 1975: López Antay y el Reconocimiento del Arte Popular
A finales de 1975, el Estado peruano otorgó al maestro Joaquín López Antay el Premio Nacional de Fomento a la Cultura "Ignacio Merino" en el área de Arte.
Este galardón generó un intenso e histórico debate público en el Perú entre intelectuales académicos y sectores del arte tradicional. La controversia contrapuso las visiones elitistas de las "bellas artes" frente al valor estético y la dignidad del arte popular. Finalmente, la premiación consolidó al retablo ayacuchano como una manifestación cumbre del arte peruano y un símbolo de identidad nacional.
5. Arte, Memoria y Testimonio frente a la Violencia (1980–2000)
Durante el conflicto armado interno que azotó al Perú entre 1980 y 2000, Ayacucho sufrió trágicamente las consecuencias de la violencia política. Ante la crisis, los creadores ayacuchanos transformaron el retablo en un instrumento de testimonio, protesta social y memoria colectiva.
Sobresalió la obra de don Florentino Jiménez Toma y sus hijos (Nicario, Claudio, Edilberto), quienes crearon el emblemático retablo Mártires de Uchuraccay, situándose del lado de las víctimas e interpelando al país sobre la discriminación y la violencia. Asimismo, Edilberto Jiménez desarrolló un trabajo documental minucioso reflejando los testimonios de los comuneros durante la guerra interna.
En este mismo periodo de resistencia, las Tablas de Sarhua —pinturas tradicionales sobre madera que retratan la vida comunitaria y genealogías familiares— sirvieron como crónicas visuales de los "tiempos del peligro", consolidándose como patrimonio de la memoria andina.
6. Vigencia y Legado Cultural
En la actualidad, las principales expresiones del arte ayacuchano —el Retablo, la Talla en Piedra de Huamanga, la Cerámica de Quinua y las Tablas de Sarhua— cuentan con la declaratoria de Patrimonio Cultural de la Nación. Asimismo, Ayacucho ha sido reconocida por la UNESCO como Ciudad Creativa en Artesanía y Arte Popular, reafirmando la continuidad de sus saberes ancestrales en las nuevas generaciones de retablistas y artesanos.
La trayectoria del arte ayacuchano demuestra su asombrosa capacidad de adaptación cultural: evolucionó desde las cajas de evangelización virreinal hacia el sagrado Cajón San Marcos como huaca del animismo andino, se redefinió como retablo costumbrista reconocido a nivel nacional y se convirtió en la voz testimonial de la memoria histórica del Perú. Cada retablo abierto sigue siendo un portal donde conviven la cosmovisión andina, la belleza estética y el espíritu indomable de su pueblo.
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