Nacida en el corazón del valle del Mantaro, en la región Junín, esta danza no solo deslumbra por sus trajes y música, sino también por la historia que encierra: una mezcla de orgullo, sátira y resistencia cultural que ha trascendido generaciones.
Cada enero, la ciudad de Jauja se convierte en el epicentro de esta tradición durante la Fiesta de San Sebastián y San Fabián, cuando miles de tunanteros llenan las calles de color, máscaras y melodías para rendir homenaje a su tierra y a su historia.

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Orígenes: entre la sátira y la elegancia colonial
La Tunantada surge durante la época colonial como una forma de burla y representación de las jerarquías sociales impuestas por los españoles. Los wankas, orgullosos de su identidad, comenzaron a imitar a los criollos, españoles y mestizos con gestos exagerados, posturas altivas y trajes refinados.
Así, esta danza se convirtió en una expresión única que mezcla la crítica social con la elegancia. El nombre “Tunantada” proviene de “tunante”, una palabra española que significa pícaro o astuto, reflejando el carácter ingenioso de quienes la interpretan.

Tunanteros de Corazón
Los personajes: una sociedad representada en danza
Uno de los mayores encantos de la Tunantada es su variedad de personajes, cada uno con un papel simbólico dentro de la historia que se representa:
Algunos de los personajes mencionados incluyen:
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La Jaujinita (o Jaujina): mujer mestiza, hija de linajes criollos y locales.
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La Wankita: variante de mujer indígena o de origen andino noble.
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La Sicaina / Sicayina: otro personaje femenino con características propias.
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El Príncipe o Español (también Chapetón o Tunante): representa la clase española o criolla dominante en época colonial, con altos cargos, elegancia y altivez.
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El Chuto: mestizo o criollo que aspira escalar socialmente, con movimientos juguetones.
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El Huatrila / Indio: personaje de origen indígena, dedicado a la agricultura o pastoreo, que representa la raíz del valle andino.
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El Tucumano / Arriero: simboliza al comerciante viajero del Virreinato del Río de la Plata que llegaba al valle de Jauja, con pasos más rudos.
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La María Pichana / el Viejo: personajes de mayor edad que provocan gracia mediante su caminar y mascaradas.
La música: alma y sentimiento del valle del Mantaro
El ritmo de la Tunantada es elegante y cadencioso, interpretado por bandas típicas de vientos y clarinetes, acompañadas por el inconfundible saxofón jaujino, instrumento protagonista en la mayoría de orquestas del valle.
La música combina notas de huayno, contradanza y pasacalle, creando una atmósfera que invita al movimiento pausado y al despliegue escénico de los danzantes.
El vestuario: lujo, color y símbolo de identidad
Los trajes de la Tunantada son verdaderas obras de arte. Los máscaras de malla o yeso, los sombreros de copa alta, los sacos largos, bastones y guantes reflejan la estética aristocrática de los siglos XVIII y XIX.
En contraste, los personajes del pueblo (como el indio o el arriero) visten con ponchos, sombreros de lana y botas, resaltando el encuentro cultural que da vida a esta danza.

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La Tunantada hoy: patrimonio vivo de la sierra central
Hoy, la Tunantada es Patrimonio Cultural de la Nación y un símbolo de identidad para los jaujinos y todo Junín.
Año tras año, esta danza sigue siendo una manifestación de orgullo regional y una invitación a reírnos del pasado con respeto, sin olvidar nuestras raíces.
Más allá del baile, la Tunantada representa la sabiduría popular del pueblo wanka, su capacidad de transformar la historia en arte, y su compromiso por mantener viva una tradición que combina música, elegancia y picardía.

¿Dónde ver la Tunantada en vivo?
La mejor oportunidad para disfrutarla es durante el Festival de la Tunantada, celebrado entre el 19 y el 20 de enero en Jauja.
Durante esos días, agrupaciones de tunanteros locales y visitantes de todo el país se reúnen para danzar, cantar y rendir homenaje a esta expresión que sigue emocionando al Perú y al mundo.
La Tunantada no es solo una danza: es una crónica viva del encuentro entre culturas, un espejo que refleja tanto la ironía como la elegancia del pueblo andino.
Bailarla es recordar que, a través del arte, los peruanos aprendimos a reírnos del poder, a celebrar nuestras diferencias y a sentir orgullo por nuestras raíces.
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